Triunfo Arciniegas, La Manzana Azul en Pamplona,

Desde muy niño su familia emigro a Pamplona.

Graduado en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, fue miembro de la Unión Nacional de Escritores y del Consejo de Redacción de la Revista Puesto de Combate. Escribe con insistencia sobre gatos, bandidos, ángeles, vampiros y otros monstruos.  Dirigió talleres de literatura infantil y el teatro de niñas La Manzana Azul en Pamplona, Santander. Entre sus principales obras están: |La silla que perdió una pata, La Media Perdida, La lagartija y el sol, El león que escribía cartas de amor, editados por Carlos Valencia. |Los casibandidos que casi roban el sol editado por Fondo de Cultura Económica de México. Ha sido ganador en varios concursos, entre los que cabe mencionar: Primer premio en el Concurso Enka de Literatura Infantil 1989 con la novela |Las batallas de Rosalino. Premio Comfamiliar del Atlántico, 1992, con la obra |Caperucita Roja y otras historias, Premio Colcultura 1993 con el libro de cuentos |La muchacha de Transilvania.

Premios:

-Séptimo Premio Enka de Literatura Infantil, con “La muchacha de Transilvania y otras historias de amor”.

-Premio Comfamiliar del Atlántico, 1992, con la obra “Caperucita Roja y otras historias perversas”

-Premio Colcultura 1993 con el libro de cuentos “La muchacha de Transilvania”

Libros publicados:

María Pepitas (2008)

Una tarde de sol María Pepitas extravía su sombrero. Desesperada, lo busca por todas partes y nadie le da razón. Ni Juan Bigotes ni Pedro Ramón. Ni Juana Ratona ni los hermanos Perales. ¿Será que el viento se llevó el sombrero? El misterio se esconde.

Bocaflor (2007)

Cada vez que le viene el hipo, la negra Bocaflor se vuelve blanca. Y no sólo eso: le salen montones de flechas por la boca. La gente piensa cuando la ve: Si le viene el hipo a Bocaflor, tendré que tirarme al suelo o esconderme detrás de aquella Mesa.

Las batallas de Rosalino (2003)

Rosalino Pacheco se hizo famoso por los largos y frondosos bigotes negros que ya se le estaban poniendo grises, por la bandera de pelos que delataba su presencia a kilómetros y por el delantal de cuero de vaca, que le cubría desde el pecho hasta las rodillas. Pero, sobre todo, se hizo famoso por las tres grandes batallas contra tres terribles contenedores: el zancudo que horrorizaba a las pulgas, la bruja que perseguía al gato y el dragón de chíchira que robaba muchachas.

Los besos de María (2001)

Antes de salir a la guerra, un hombre dejó a su novia una docena de besos. Ella, sin quererlo, los fue perdiendo uno a uno. Este es un bello libro de cuentos que narra distintas historias relacionadas con el amor y la fraternidad. ¿A quién no le encantan los besos? Triunfo Arciniégas utiliza el recurso de la parodia y la trasgresión de las situaciones y motivos convencionales propios de la narrativa tradicional.

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El cuento |Caperucita Roja ha sido reeditado por Panamericana Editorial, 1996, junto con otros cuentos, con el título |Caperucita Roja y otras historias perversas, en los que recrea los cuentos maravillosos, logrando una parodia llena de humor e ironía a través del recurso de la modernización de elementos, situaciones y personajes.

Caperucita Roja

Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.

Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.

– ¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?

Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:

– Quiero regalarte una flor, niña linda.

– ¿Esa flor? No veo por qué.

– Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.

– No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.

Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.

– Mira mi reguero de lágrimas.

– ¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.

– No me caí.

– Así parece porque no te veo las heridas.

– Las heridas están en mi corazón –dije.

– Eres un imbécil.

Escupió el chicle con la violencia de una bala.

Volvió a alejarse sin despedirse.

Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.

Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.

– ¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida caí en la cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.

– Estoy de vacaciones –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?

El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.

– ¿Y qué llevas en el canasto?

– Un rico pastel para mi abuelita.

– ¿Quieres probar?

Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.

– Corta un pedazo.

Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.

– Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.

Y me dejó tirado en el camino, quejándome.

Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.

– La receta funciona –dijo–. Voy a venderla.

Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:

– Cómete a la abuela.

Abrí tamaños ojos.

– Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.

No podía creerlo.

Le pregunté por qué.

– Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.

No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.

Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.

Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.

Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.

Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.

Información tomada de:

http://es.wikipedia.org/wiki/Triunfo_Arciniegas

http://www.librosalfaguarainfantil.com/co/autor/triunfo-arciniegas-1/

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/ninos/relatoi/rela31.htm

http://triunfo-arciniegas.blogspot.com/

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