¿Existió o no el cacique Tisquesusa? | ELESPECTADOR.COM

Según el Instituto de Antropología e Historia, no hay registros de ese nombre, que al parecer fue el que los españoles le dieron al cacique Bogotá.

Por: Juan Sebastián Jiménez Herrera
023f504106a251bc8928fac432612861 ¿Existió o no el cacique Tisquesusa? | ELESPECTADOR.COM/ Ilustración de Heidy Amaya con base en estampilla del cacique Tisquesusa.

Un litigio en el Consejo de Estado fue la excusa perfecta para recordarnos que muchas veces la historia no ocurrió como nos la cuentan. En virtud de un proceso que se adelanta por una solicitud presentada por el Banco de la República para que se anule el registro de la marca Tisquesusa, al Consejo de Estado llegó un oficio en el que el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) sostiene que no hay ningún registro oficial de que a mediados del siglo XVI hubiera existido un cacique llamado así. Al parecer, el nombre Tisquesusa fue una invención del cronista español Juan de Castellanos para referirse al cacique de Bogotá.

En el oficio, conocido por El Espectador, el Icanh sostiene que, con respecto a este cacique, “es difícil establecer si Tisquesusa fue su nombre real (…) En todos los documentos disponibles se le llama Bogotá, no Tisquesusa. Al parecer este fue su nombre real. El zipa combatió contra los conquistadores en varias ocasiones hasta que resultó herido de muerte, probablemente, a comienzos de 1538”.

Los españoles crearon toda una serie de leyendas alrededor de la muerte del cacique de Bogotá, de la que se enteraron varios meses después de ocurrida. Entonces, tras su muerte “se generaron leyendas como que había sido enterrado con grandes cantidades de oro”. Esto le costó la vida a su sucesor, un zipa llamado Sagipa, quien pese a haber negociado la paz con los españoles en 1539, fue traicionado y acusado de “no querer revelar el lugar del entierro y fue torturado por esta razón hasta la muerte”.

El documento agrega que “muchos años después, en 1590, el sacerdote y cronista Juan de Castellanos, en su obra Elegías de varones ilustres de Indias, cambió el nombre de Bogotá por el de Tisquesusa y se ignora de dónde tomó este dato. Es posible que haya sido de alguna tradición oral de la época. A partir de ese momento los cronistas —como el franciscano Pedro Simón— tomaron como cierto este dato y empezaron a llamar a este jefe Tisquesusa —en lugar de Bogotá— y así fue como en la tradición histórica de Colombia se perpetuó ese nombre”.

El informe, firmado por el director del Icanh, Fabián Sanabria, y proyectado por el profesor Jorge Gamboa, ya hace parte del proceso al final del cual el Consejo de Estado debe definir si anula o no el registro de esta marca que, de acuerdo con el Banco de la República, no debió haberse realizado puesto que “la marca Tisquesusa no es susceptible de registro por cuanto está conformado por nombres, caracteres y símbolos de comunidades indígenas y ancestrales del país”.

Las invenciones de Indias

En entrevista con este diario —y al margen del proceso judicial—, el profesor Jorge Gamboa se refirió al oficio y a los hallazgos que ha hecho el Icanh tras años de revisar el Archivo General de Indias y buscar y estudiar los documentos producidos entre 1537 y 1550.

Asegura, entre otras cosas, que “los cronistas de Indias mencionaron unos nombres de jefes indígenas que —al parecer— existieron acá. Pero se puede comprobar fácilmente que la mayoría eran nombres tal vez inventados por ellos o nombres que la gente, la tradición oral, había creado y recogido para la época en que los cronistas escribieron. Es decir, entre 50 y 100 años después de ocurridos los hechos”.

Lo que pasó con Tisquesusa es igual a lo que ocurrió con el cacique Quemuenchatocha. “Son nombres que no se sabe de dónde salieron realmente, porque en los documentos originales no aparecen. En el caso del cacique de Tunja, en las crónicas aparece como Quemuenchatocha, pero en los documentos originales aparece el nombre Eucaneme. Y el origen del nombre Quemuenchatocha no es por el cacique sino por un sobrino suyo que se llamaba Quiminza”, dice Gamboa.

Pero los cronistas no sólo inventaron o, mejor, modificaron los nombres de varios de los caciques del altiplano cundiboyacense, también contaron historias no del todo ciertas. “Por ejemplo, en el caso de Tunja, de acuerdo con los cronistas, los españoles tomaron preso a un cacique, lo torturaron y lo obligaron a pagar con oro por su rescate, pero resulta que ese cacique que ellos tomaron realmente no era el cacique, el verdadero se había escondido en las montañas cercanas a Tunja y había enviado a uno de sus subalternos para que hablara con los españoles y fue a ese subalterno al que tomaron como rehén y durante mucho tiempo creyeron que era el cacique”.

Gamboa explica que esa era una estrategia muy usada por los indígenas: la de no exponer a sus jefes ante los españoles sino enviar gente, “incluso disfrazada”, para que se hicieran pasar por ellos y que en caso de que los españoles los traicionaran, no lo hicieran con el verdadero cacique.

De la misma forma, “todo el proceso de conquista del altiplano cundiboyacense fue muy diferente a como lo cuentan los cronistas. Por ejemplo, omitieron la participación de los mismos indígenas en el proceso de la conquista: la alianza que algunos indígenas hicieron con los españoles para someter a su propia gente. Digamos que la historia siempre se ha contado un poco —a partir de los cronistas mismos— como que los españoles fueron los protagonistas, que sometieron a los indígenas solos, pero resulta que cuando los españoles llegaron hicieron alianzas con los jefes indígenas que lograron atraer a su bando y fueron esos jefes indígenas los que proveyeron las tropas, los alimentos y la logística, y los que resultaron, en últimas, ayudando en la conquista de todo el territorio de lo que fue la Nueva Granada. Eso ocurrió en toda América”.

“Por ejemplo, el cacique de Guatavita —cuyo nombre no conocemos, porque desde siempre se le conoció como el cacique de Guatavita— era enemigo del cacique de Bogotá y fue uno de los primeros aliados que tuvo Gonzalo Jiménez de Quesada”.

En lo que al mito de El Dorado se refiere, Gamboa asegura que este fue contado por el cacique de Guatavita al cronista Juan Rodríguez Freyle, que lo reprodujo en el libro El Carnero. “O sea, estamos hablando de que cien años después de la conquista un cacique, que en ese momento gobernaba el pueblo de Guatavita, que ya era un pueblo hispanizado, le contó una leyenda al cronista y el cronista la reprodujo en su libro”.

‘Hicieron lo que debían’

Gamboa es vehemente en que de ninguna manera se puede juzgar a los cronistas de Indias por estas invenciones. “En esa época era muy difícil hacer historia en el sentido que la hacemos hoy en día. Se dependía mucho de la tradición oral y obviamente con el tiempo las historias cambiaban. Y los cronistas solían escribir muchos años después. Algunos fueron protagonistas de los hechos y, digamos, los mejores cronistas fueron testigos de los hechos y reproducen y cuentan sus experiencias. Pero hay que tener en cuenta que todos tenían diferentes intereses y no escribían en el sentido en el que escribe hoy en día un historiador, sino que todos escribían por algún interés y exageraban, contaban cosas que no habían visto realmente. Solían tergiversar mucho por intereses propios. Por ejemplo, para lograr que la Corona los premiara por algún tipo de hazaña que decían haber hecho.

Exageraban, por ejemplo, la violencia y la ferocidad de los indígenas o sus capacidades militares, en el caso de los cronistas que eran militares. O en el caso de los cronistas sacerdotes, tendían a exagerar su labor evangélica, a decir ‘aquí era Sodoma y Gomorra’ o que los indígenas eran unos idólatras, pero entonces ellos habían llegado y habían acabado con todo eso y bautizaron a todo el mundo y los convirtieron a todos”.

Gamboa advierte que con las generaciones posteriores, es decir, con los cronistas del siglo XVII, hay muchos investigadores que han demostrado que escribieron “tratando de generar un sentido como de amor a la patria. Ya para esa época se concebían como descendientes tanto de los blancos como de los indígenas y querían sentir orgullo de sus antepasados, entonces por un lado hablaban con orgullo de las hazañas de sus antepasados conquistadores, pero al mismo tiempo señalaban que los indígenas no eran tan atrasados como los pintaban porque ellos mismos se veían como descendientes de los indígenas.

Por eso contaban que había unas sociedades indígenas muy desarrolladas, que no tenían nada que envidiar a las cortes europeas. Tendían a exagerar el desarrollo cultural y social de los indígenas. Por ejemplo, en ese siglo se generó la idea de que los muiscas eran una especie de reino, que había dos grandes reinos —el reino del zipa y el del zaque— y que eran muy parecidos a los reinos europeos. Pero una exageración fruto de esa necesidad. De esta forma se usó a los muiscas para construir identidad nacional”.

Gamboa concluye diciendo que, pese a los errores en los que los cronistas podrían haber incurrido, “trataron de darle una coherencia a este territorio. De todos modos, crear esas ficciones fue necesario y casi puede decirse que lo sigue siendo hoy en día. Toda nación es una comunidad imaginada y necesita de estos relatos —así sean ficticios— para generar una unidad política”.

jjimenez@elespectador.com

@juansjimenezh

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