¿Cómo reacciona nuestro cerebro ante el suspenso de Hitchcock? |Faena

La neurociencia contemporánea nos ha enseñado a entender nuestras reacciones como una suma de sustancias químicas e impulsos eléctricos que coinciden en nuestro cerebro. Ahora la compasión puede explicarse por los procesos que ocurren en torno a nuestro “centro de recompensa”, la confusión ante una pieza de Stravinski o de Schoenberg por la inclinación de nuestro cerebro a buscar patrones (y no encontrarlos) o que los recursos de la poesía sean como las piezas de un rompecabezas para nuestro entendimiento. Paradójicamente, sin que ninguna de esas explicaciones desmitifique esos misterios sino, más bien, otorgando nuevos elementos para el asombro y el enigma.

Hace poco, Uri Hasson, del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Princeton, realizó un estudio en torno a otras de las emociones fundamentales del ser humano: el temor, el miedo, la sensación de incertidumbre ante lo desconocido o de zozobra ante lo que se supone trágico. Para fortuna de Hasson, emociones que es posible encontrar reunidas en un solo momento: cuando miramos un ejemplo de la labor de Alfred Hitchcock como director de cine.

Sin embargo, el investigador no tomó alguna de las grandes obras como Psycho (1960) o Strangers on a Train (1951), sino algo que, en cierta forma, pudiera administrarse como una dosis concentrada del llamado “amo del suspenso”. Y qué mejor para este propósito que algún episodio de la serie Alfred Hitchcock Presents.

El capítulo elegido fue “Bang! You’re Dead”, segundo de la séptima temporada, transmitido originalmente el 17 de octubre de 1961, en donde se cuenta la historia de un pequeño de 5 años que, como casi todos sus amigos y niños de la época, juega a ser vaquero. Hasta aquí todo parece normal, incluso dentro de esa normalidad paradójica que es el juego, territorio de subversión e interrupción de la realidad, según teorizó Roger Callois al respecto. El conflicto se desencadena cuando entre las pertenencias del tío, que ha llegado de visita, el niño encuentra un revólver y balas de verdad, mismo que toma y sustituye por su arma de juguete para después salir y continuar jugando como si el intercambio nunca hubiera sucedido, mostrando que para él la realidad no se ha alterado (y, en otro sentido, en este episodio mínimo también puede entenderse por qué Hitchcock es uno de los directores favoritos de Roberto Calasso: ¿no se encuentra desplegada en esa escena el simulacro esencial de la realidad?¿No está ahí la sustitución arquetípica del sacrificio que con el tiempo tomó la formas de las muchas sustituciones sobre las que descansa nuestra realidad? En esa aparente confusión infantil está disimulada su tremenda lucidez: cambiar a un cordero por el primogénito es, en cierto sentido, idéntico a aceptar que en el dinero está cifrado el valor de todas las mercancías).

En “Bang! You’re Dead” hay un momento en que la madre del niño dice a su esposo: “Amor, tengo el extraño presentimiento de que algo está mal”. Y de pronto es como si el cerebro nos estuviera diciendo eso a nuestra propia conciencia. Algo está mal en que un niño apunte con un revólver cargado a una persona. Es ficción, pero aun así reaccionamos empáticamente. Nos perturba cada vez que el pequeño Jackie está a punto de dispararle a otra persona, o cuando aumenta gradualmente las balas en la cámara de la pistola, pasando de una a las seis de la carga completa.

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